Hay figuras en el baloncesto que casi nunca salen en la foto. No levantan trofeos, ni dan entrevistas después de un triunfo, y sin embargo su trabajo está detrás de cada minuto que un jugador aguanta en pista, de cada lesión que no llega a producirse, de cada equipo que llega entero a los momentos importantes de la temporada. Hablamos del preparador físico, ese perfil del cuerpo técnico que trabaja en la sombra mientras miramos hacia el banquillo o la canasta.
Su día empieza mucho antes de que arranque la pretemporada y no termina cuando suena el pitido final. Analiza, planifica, se reúne cada mañana con el entrenador, habla con el fisio, escucha a los jugadores, ajusta cargas de trabajo… Todo para que, cuando llegue el partido, el equipo esté preparado sin que nadie repare en el trabajo que hay detrás.
Hoy queremos dar voz a esa parte del vestuario que casi nunca se cuenta. Charlamos con Pablo Mena, preparador físico de Iberolea Palencia Basket, para que nos abra la puerta a su día a día y nos ayude a entender un poco mejor todo lo que ocurre antes de que se encienda el marcador.
Hablamos con alguien que ha vivido, ha crecido y se ha formado en el CD Maristas desde muy niño y que además ha «podido presenciar desde dentro algunas de las mejores temporadas de la historia del club. Ya en mi primer año en el primer equipo ganamos la Copa Princesa y la Final 4 de ascenso a la ACB. La siguiente temporada, la 2023/24, pude disfrutar de formar parte del staff de para mí la mejor primera división de Europa. Y la pasada temporada, la 2025/26, también fue una temporada muy especial, tras volver a casa y hacer un buen papel tanto en la Copa España llegando a la final, como en liga con muy buen balance de victorias. Si tuviera que quedarme con algo de estas experiencias, sería con todo lo que he aprendido de cada una de ellas. Han sido en general años muy buenos. En dos años en Primera FEB he vivido dos finales de Copa y dos Final 4, algo muy difícil de repetir. Pero aparte del éxito deportivo, lo que realmente te hace crecer es todo lo demás: las personas con las que trabajas, los diferentes contextos, los momentos buenos y también los momentos complicados. Todo eso va construyendo tu manera de entender la profesión.»

Entre sus dos etapas en Palencia se cuela una experiencia en Kosovo, a nivel de club y de selección nacional. Una aventura, que se inicio de un forma algo imprevista «al contactar conmigo varios compañeros, tras comunicar por RRSS que no iba a continuar en Palencia. A partir de ahí me salieron diferentes ofertas de trabajo. Uno de los compañeros que contactó conmigo fue Félix de Fuentes, que había sido preparador físico del Palencia Basket en la 2020-21, y quien me puso en contacto con un agente que me ofreció la posibilidad de trabajar en Kosovo. Tras establecerme allí, la actividad continuó con normalidad hasta que el Director Deportivo de la Federación de Baloncesto de Kosovo se puso en contacto conmigo para ofrecerme formar parte de la Selección Nacional. El nexo fue el propio capitán de la Selección, que además jugaba en mi club (KB Peja), quien recomendó directamente mi trabajo y me abrió las puertas de la Selección. A nivel profesional, una experiencia internacional siempre suma. Te obliga a salir de tu zona de confort, a adaptarte a otra cultura, a otra manera de trabajar y por supuesto a darte a conocer fuera de tu mercado habitual.»
La liga kosovar puede resultar exótica, pero en cuanto a condiciones de trabajo «no está alejada a las que se dan en España. Las condiciones de trabajo mis años en Palencia y mi año en Kosovo han sido bastante similares. Las infraestructuras y los medios disponibles eran parecidos. En Palencia contamos con un gimnasio bastante bien equipado y, en Kosovo, por ejemplo, tenía acceso a un box de CrossFit y a un gimnasio público, y utilizábamos uno u otro dependiendo del objetivo de la sesión. El trabajo en pista tampoco cambia demasiado, las exigencias del baloncesto son las mismas y los principios del entrenamiento también. Salvo por ciertos detalles culturales, organizativas o incluso de instalaciones —imposible olvidar el frío del pabellón en Kosovo—, la exigencia y el trabajo físico del día a día fueron esencialmente los mismos».
Como curiosidad, en Kosovo coincidió con Marques Townes, hoy una de las grandes estrellas de la pasada liga y al que define como «un gran jugador y una gran persona. Y creo que ambas cosas están relacionadas. Nuestra etapa en Kosovo nos unió mucho: convivimos bastante y compartimos una experiencia muy intensa. Desde entonces hemos mantenido el contacto, así que cuando me contó que fichaba por el Oviedo me hizo muchísima ilusión. Siempre es bonito ver cómo un jugador con el que has trabajado evoluciona y destaca en una categoría como la Primera FEB. Nos hace mucha ilusión volver a coincidir en la misma liga, aunque ahora seamos rivales».

Compartir tantas horas con los jugadores, crea vínculos importantes y eso afecta cuando dejan el equipo. Hay salidas que «marcan» de forma especial, entre ellas destaca «sin duda las de Kamba, Chema, Manu y Alec. Se terminaron convirtiendo no solo en compañeros de trabajo, sino en personas con las que compartí muchísimos momentos a lo largo de varias temporadas. Aún así, hay que asumir que el baloncesto es un mundo cambiante y que, especialmente con los jugadores, todo es bastante pasajero. Forma parte de la profesión.»
Como decíamos en la introducción, el entrenador es la persona más expuesta del cuerpo técnico, pero cuando las cosas van mal los «palos» caen sobre todos. La pasada temporada hubo críticas en RRSS a la preparación física en la primera vuelta que después, con el equipo disparado, no se convirtieron en elogios. A esta situación «no le presto atención. Entiendo que todo el mundo tiene derecho a opinar, pero muchas veces o casi siempre se opina sin conocer realmente el trabajo que hay detrás. Es muy fácil escribir por RRSS cualquier tontería y por eso las opiniones que realmente valoro son las de mi familia, mis amigos cercanos y, sobre todo, las de las personas con las que trabajo y que conocen de primera mano mi manera de trabajar. Los resultados son públicos; el proceso, no.»

Cada deporte exige una preparación física especifica. En el caso del baloncesto, «es un deporte con continuos cambios de ritmo, aceleraciones, frenadas, saltos, cambios de dirección y situaciones de contacto. Además, el perfil del jugador importa: las exigencias en pista de un base y un pívot son completamente distintas. Por eso, para mí, la clave está en conocer muy bien las demandas del baloncesto y, a partir de ahí, individualizar al máximo, siguiendo una base general que es la de mejorar la fuerza, velocidad, resistencia, prevenir lesiones. Hay muchos criterios para individualizar el trabajo con cada jugador: la posición, historial de lesiones, minutos de juego e incluso con qué ejercicio un jugador se siente más cómodo entre varios ejercicios con un mismo objetivo. Pero yo personalmente trabajo con unos contenidos comunes. Unos ejercicios que tiene que realizar todo el equipo. Y al final una pequeña parte individualizada para cada uno.»
Sobre las lesiones más comunes en baloncesto, apunta que «se concentran principalmente en el tren inferior. El tobillo es una de las zonas más críticas debido a la constante exigencia de saltos, caídas, frenadas, cambios de dirección y contactos en pista. De hecho, los esguinces representan una porción altísima de las bajas, acompañados habitualmente por molestias en la rodilla y en la zona lumbar».
Preguntado específicamente por la prevención del tendón rotuliano y el LCA, matiza que «la mejor prevención es asegurar que el jugador esté físicamente preparado para las exigencias de la pista, individualizando las cargas según sus antecedentes y características antes de que aparezca el dolor. En el caso del tendón rotuliano, la clave es construir una buena tolerancia al impacto de saltos y caídas; con el LCA, nos centramos en la fuerza, el control motor, las desaceleraciones y los cambios de dirección».
En cuanto al protocolo para reintroducir a un jugador tras lesión, «en el club contamos con un protocolo muy definido que hemos ido puliendo con los años. Las primeras fases de diagnóstico y tratamiento recaen sobre el fisioterapeuta; a partir de ahí, mi responsabilidad va aumentando a medida que el jugador se acerca al regreso al entrenamiento y competición. Durante la lesión, mi función principal es mantener su estado de forma para que, una vez superada la lesión, vuelva en la mejor forma posible».
Aunque el inicio de la pretemporada, de equipo, es un momento público, «mi pretemporada empieza mucho antes de que los jugadores pisen el pabellón. Nada más terminar el curso analizo lo sucedido, evalúo qué ha funcionado y elaboro un informe con los puntos de mejora. Conforme se anuncian los fichajes o renovaciones, mantengo entrevistas individuales durante el verano para conocer sus dinámicas y empezar a planificar. Cada jugador llega en un momento distinto: algunos vienen de competir, otros llevan semanas parados y los hay con molestias previas, por lo que resulta imposible plantear el mismo punto de partida para todos. Por tanto, cuando arranca la pretemporada oficial, gran parte del trabajo ya está avanzado; el primer día no es el inicio, sino la continuación de un proceso que mucho antes. Cuando los jugadores se incorporan en fechas distintas, valoramos el punto de partida de cada uno para trazar una progresión individual hasta llevarlos al nivel que requiere el equipo. Si alguien llega más tarde, el trabajo se enfoca en que se adapte al ritmo del grupo de forma gradual y segura»
Unas pretemporadas, a las que en el pasado, algunos jugadores llegaban muy fuera de forma. Afortunadamente eso ha cambiado y «el jugador profesional actual entiende que la preparación física no es un apartado aislado, sino una herramienta fundamental para rendir al máximo y mantenerse sano toda la temporada. Hoy en día tienen acceso a muchísima información y se preocupan por su descanso, nutrición, fuerza, movilidad… Por eso, nuestro trabajo también consiste en saber orientar esa información».

Al describir cómo estructura una temporada completa, afirma que la divide en dos partes: «la pretemporada y el periodo competitivo. La pretemporada dura unas seis semanas en las que aumentamos las cargas de forma progresiva para preparar al jugador para las exigencias de la competición. No buscamos solo llegar bien al primer partido, sino sentar las bases que permitan afrontar toda la temporada. Cuando arranca la competición, el objetivo cambia: ya no es aumentar la condición física, sino mantener un alto nivel de rendimiento y asegurar que lleguen preparados a cada partido, gestionando la fatiga y la recuperación».
Una condición física, también afectada por las jornadas intersemanales, donde «el objetivo principal es recuperar para llegar en las mejores condiciones al siguiente partido. El margen para trabajar capacidades físicas se reduce, y priorizamos los contenidos tácticos a los físicos. En las ventanas FIBA suelen plantearse dos escenarios: aumentar la carga al no haber partido o aprovechar el parón para recuperar, tratar molestias y hacer trabajo de gimnasio que el calendario habitual no permite. En mi experiencia, la segunda opción es casi siempre la elegida: son días recuperación y de no machacar al equipo, ya que hay jugadores que se van con sus selecciones y jugadores a los que se les para para tratarlos o bajar carga».
Para decidir si un jugador debe reducir carga o descansar, «combinamos información objetiva y subjetiva. Por un lado, tenemos los datos que nos proporcionan las diferentes herramientas de seguimiento y, especialmente, la valoración del fisioterapeuta o del médico cuando existe algún problema físico, además del volumen de minutos y la carga que ha soportado el jugador. Pero la información subjetiva del propio jugador también es muy importante. Preguntamos por su nivel de fatiga, dolor muscular, sensación de recuperación o percepción de esfuerzo. Con toda esa información vamos tomando decisiones. A veces significa reducir el volumen del entrenamiento, otras modificar determinados ejercicios y, cuando es necesario, directamente descansar. Para mí, gestionar la carga no significa entrenar menos; significa entrenar lo que necesitas en el momento adecuado. La coordinación con el cuerpo técnico, el fisioterapeuta o médico es fundamental. En el control de cargas, por ejemplo, los entrenadores y yo nos reunimos cada mañana en la oficina para diseñar el entrenamiento: decidimos qué tareas hacer y cuánto debe durar cada una en función del calendario de partidos y de los jugadores disponibles. Y por otro lado, con el staff biomédico hay que tener en cuenta que el jugador no pertenece al preparador físico ni al fisioterapeuta: pertenece al equipo. Con el fisio tengo una comunicación constante y además, con el paso de los años nos conocemos muy bien y sabemos cómo trabajar y lo que queremos el uno del otro. Hablamos cada día de cómo organizar a los jugadores lesionados, quién se ocupa de cada uno y en qué fase de la rehabilitación se encuentran. La clave está en comunicarnos y tomar las decisiones conjuntamente.»
A pesar de la buena comunicación con el cuerpo técnico, no debe resultar fácil comunicar a un entrenador que un jugador no está en condiciones de rendir al cien por cien. En esa situación «lo más importante es comunicar con información y argumentos sólidos, no simplemente con una opinión. Si considero que un jugador no está en condiciones óptimas, le explico al entrenador qué hemos observado, los datos que tenemos, qué sensaciones tiene el jugador y el riesgo real que supone que entrene o juegue. Mi responsabilidad es aportar toda la información sobre el estado físico del jugador para que él tome la mejor decisión. A partir de ahí, es el fisioterapeuta o los servicios médicos los que a través de pruebas de imagen como ecografías o resonancias magnéticas pueden observar mejor algo que yo puedo valorar a través de pruebas como movimientos o sensaciones del jugador».
Para medir el progreso de un jugador a lo largo de la temporada, «utilizamos diferentes herramientas, desde valoraciones de composición corporal hasta test de salto vertical, fuerza o movilidad. Pero creo que el dato aislado tiene poco valor. Lo realmente interesante es observar la evolución del jugador y relacionarla con su rendimiento y con sus necesidades.. Durante la temporada buscamos mantener o elevar esos registros, pero teniendo claro que nuestro objetivo final es que pueda trasladar esas capacidades a la pista y rendir al máximo durante la competición.»

Con la pretemporada en marcha y acercándose el inicio de la competición, Pablo Mena afronta el nuevo proyecto «con mucha ilusión y muchas ganas. Cada proyecto es diferente y este año volvemos a tener el reto de construir un equipo, con muchos jugadores nuevos. Más allá de objetivos concretos, creo que lo importante es el proceso. Tenemos que ir creando una ética de trabajo y una manera de trabajar para que desde el comienzo de la liga seamos capaces de competir en cada partido. Y a nivel personal, mi objetivo es conseguir que los jugadores estén sanos y preparados para las exigencias de la competición.»
Escuchando a Pablo Mena queda claro que su trabajo no se mide en focos ni en titulares, sino en algo mucho más discreto: que el equipo llegue entero, física y mentalmente, a cada cita de la temporada. Un oficio hecho de rutina, de datos y de conversaciones diarias con entrenadores, fisioterapeutas y jugadores, que rara vez se cuenta pero que sostiene, partido a partido, el rendimiento de todo un vestuario, un equipo, un proyecto. Mientras Iberolea Palencia afronta un nuevo curso lleno de caras nuevas, Mena sigue haciendo lo que mejor sabe: trabajar en la sombra para que, cuando se llegue el salto inicial, nadie tenga que pensar en él.

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